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La guerra injustificada contra el glifosato

 

El debate por el uso del glifosato viene desde hace tiempo en el mundo a pesar que su uso comenzó ya hace más de sesenta años y existen sustancias de uso cotidiano como la cafeína, el mate o el paracetamol que poseen índices de toxicidad mayores a los del glifosato. Entonces ¿por qué existe el tabú sobre su uso y la oposición de movimientos ecologistas? ¿Quién podría cuestionar la validez del mate en Argentina y tener una mirada crítica hacia su utilización? ¿Qué intereses fueron creados a partir de la utilización de este herbicida?

La controversia con respecto al glifosato se originó luego de que la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC), dependiente de la Organización Mundial para la Salud (OMS), señalara al herbicida como “probablemente cancerígeno”. Sin embargo, dicho estudio fue desestimado, luego de que la agencia de noticias Reuters revelara que la IARC había eliminado del informe, conclusiones que no encontraron vínculo entre el herbicida y el cáncer.

El glifosato es un producto que se sintetizó por primera vez en los años cincuenta del siglo pasado. En 1970, el químico John E. Franz descubrió sus aplicaciones para la agricultura. Hasta su comercialización se usaban herbicidas específicos para cada planta. El nuevo producto permitía su uso masivo para eliminar las malas hierbas sin afectar al cultivo principal.

A fines de 2017, tras varios meses de debate, la Comisión Europea decidió renovar la autorización del uso del glifosato por 5 años más en la Unión Europea. La decisión de la CE estuvo fundamentada en la cantidad de informes y estudios científicos que demostraron la seguridad del herbicida.

En Argentina, actualmente algunas ciudades están intentando prohibir el uso del herbicida, al sostener que el mismo es perjudicial para la salud, causando cáncer y malformaciones congénitas. Por ejemplo, hace 3 semanas, el Concejo Deliberante de Gualeguaychú aprobó una ordenanza que prohíbe la aplicación, transporte, almacenamiento y comercialización del glifosato en  la ciudad, o sea, en las 33 mil hectáreas que componen el casco urbano y alrededores. A su vez, productores y entidades agropecuarias cuestionaron la rigurosidad científica de quienes vinculan al glifosato con ese tipo de afecciones. Ellos advirtieron que ven a la iniciativa como una respuesta “extrema” e “inconstitucional” que afectará gravemente al sector. Por consiguiente, propone una legislación que se la considere “una herramienta de trabajo” pero que también se exija una serie de controles para quienes lo aplican.

Lo cierto es que esta campaña negativa, no tiene fundamentos científicos que la respalde y estudios científicos han comprobado que no está relacionado tal uso del herbicida con la generación del cáncer en los seres humanos por lo que la prohibición carece de argumentos sólidos.

Entre los principales argumentos que se utilizan contra el herbicida en nuestro país, se encuentra el estudio de la IARC. Sin embargo, dicho informe, que se ha comprobado que ha sido editado intencionalmente, posiciona al herbicida en la misma categoría que el mate. Entonces, queda preguntarse, por qué hay tanto empeño en prohibir el glifosato y no en prohibir el mate u otros de los productos que también estuvieron en esta categoría marcados como “probablemente cancerígenos” como las carnes rojas y los embutidos. Como mencionábamos anteriormente, ¿Quién se atrevería a polemizar acerca de la utilización del sagrado mate en nuestro territorio, o bien, de los suelos uruguayos y paraguayos? No resulta lógico ni creíble que ante igualdad de pruebas científicas se establezcan dos diferentes tipos de apreciaciones y totalmente radicales entre sí. Por lo que queda entonces, ¿Cuál es el motivo por el que se persigue la utilización del herbicida en el trabajo agrícola cotidiano?

Las aplicaciones de glifosato, realizadas bajo estándares normales y buenas prácticas agrícolas, no implican riesgos altos para la salud humana. Esto es lo que puede inferirse de los estudios científicos elaborados al respecto hasta el momento, que no son concluyentes para poder relacionar al glifosato a enfermedades graves como el cáncer.

A su vez, Rosa Porcel, investigadora en Genética de plantas de la Universidad Politécnica de Valencia, aseguró que el glifosato se ha usado durante cuarenta años “sin que se haya demostrado que tiene efectos perjudiciales en los seres humanos”. La especialista en el tema aportó que se trata de un herbicida, que “se biodegrada en 22 días”, por lo que, por consiguiente, no tiene efectos acumulativos.

Podemos concluir que, a vista de opiniones de especialistas y personas que han estudiado esta sustancia durante años y su uso como herbicida, el glifosato es una herramienta de trabajo y su prohibición solo podría traer problemas mayores tales como tener que recurrir a reemplazos cuya seguridad no ha sido comprobada -como sí el glifosato- y, además, supondría un mayor gasto ya que obligaría a modificar todo el sistema actual. Cabe destacar que el uso de este químico en cantidades “normales” y en el marco de responsables prácticas agrícolas no resultarían perniciosas para la salud.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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